sábado, 29 de agosto de 2015

EL LLAMADO HISTORICO DE AYOTZINAPA



EL LLAMADO HISTORICO DE AYOTZINAPA
                                                                    ARMANDO MARTINEZ VERDUGO
I
Rumbo Proletario ha insistido siempre en lo obligado que es considerar que todos los esfuerzos que llevan a cabo sectores del pueblo exponiendo demandas y exigiendo atención a sus necesidades, son formas específicas de resistir ante el agravamiento de sus condiciones de vida y de trabajo. Hemos llamado la atención sobre le necesidad de respetar a todas las resistencias, viendo sobre todo a sus bases, a las mínimas muestras de protagonismo de abajo, al grado de combatividad de sus actores. En función de esto, considerar a sus direcciones formales. Hacerlo al revés, es decir, poner en primer plano las consideraciones sobre los dirigentes, no ha ayudado a valorar adecuadamente lo que el pueblo está haciendo, su disposición y hasta su estado de ánimo. Naturalmente, no olvidamos que, de igual manera, del tipo de dirección que tengan las resistencias depende, en buena parte, sus desenlaces. Lo primero, permite  tener el pulso de los grados de disposición a la lucha contenidos en la espontaneidad popular. Lo segundo posibilita definir las líneas de la lucha ideológica y las tareas de conducción revolucionaria que hay que atender.
Rumbo Proletario ha insistido también en la obligación de reconocer las distinciones objetivas que se guardan entre una y otra resistencia; a partir, sobre todo, del significado y la trascendencia de cada una de ellas.
Hemos planteado que todo lo anterior exige una ubicación  --de resistencias y de direcciones--  en la estrategia de construcción de las soluciones requeridas.
Para nosotros, y en esto coincidimos no sólo varios grupos revolucionarios anti-sistémicos sino mucha gente que desde lugares sociales e ideologías diferentes ha arribado a la misma conclusión: ningún problema fundamental del pueblo mexicano se resolverá de manera verdadera y de raíz mientras al frente del Estado continúe esta élite de multibillonarios y de sus funcionarios políticos que están a cargo de administrar y hacer funcionar a la maquinaria estatal.
Para nosotros no hay tarea más urgente y, por lo tanto, más importante que esa, la de derrocar o sacar de la conducción político-estatal de la sociedad mexicana a aquella élite y a los funcionarios estatales.
Estamos convencidos, y así lo hemos defendido en todos los foros en los que hemos participado, que desde la crisis de 1982, amplios sectores del pueblo –millones en realidad— le han buscado solución a aquella tarea, de una manera más masificada, con mayor continuidad que en décadas pasadas, con mayor persistencia, con una mayor amplitud geográfica, con una mejor ubicación del blanco enemigo contra el cual hay que concentrar los mayores esfuerzos, y con direcciones más cercanas a los sentires populares. Estas resistencias se han desplegado en campos diferentes de la conflictividad social y de clases: en lo reivindicativo-sectorial, en lo político-militar, en lo comunitarista, en lo político-electoral y, seguramente, en otros campos que todavía no alcanzamos a comprender.
Todo esto no ha bastado para alcanzar el objetivo del derrocamiento; todo esto se ha mostrado grandemente insuficiente y con enormes fallas. Pero esto verifica y revela lo que el pueblo anida en sus determinaciones, en sus deseos y en sus posibilidades presentes. Y esta realidad de las resistencias es lo que mejor puede permitirnos encontrar los caminos que, ahora sí, den las necesarias victorias populares. Llamamos, pues, a comprender (a estudiar) muy bien a este cúmulo de resistencias que vienen dándose en las últimas décadas,  ubicándolas en un cuadro de otras resistencias que desde un pasado no tan cercano, se han ganado ya un lugar histórico en la conflictividad nacional.
II
Rumbo Proletario  ha venido planteando que, desde la crisis de 1982, en la lucha social y de clases en México empezó a abrirse un nuevo periodo, que vino a remplazar al que muchos coincidimos en llamar de acumulación de fuerzas. Éste fue sustituido por otro periodo de la lucha social y de clases al que denominamos periodo de encrucijada. Esta mutación puso de manifiesto que, una vez más, la sociedad mexicana estaba madura para una ulterior evolución progresiva, sobre la base de una ruptura revolucionaria de relaciones sociales predominantes. El nuevo periodo fue inaugurado, y sostenido por varios años, por una resistencia político-electoral popular que, incluso, influyó en varios pueblos latinoamericanos que vieron en estos esfuerzos de sectores importantes del pueblo mexicano un ejemplo[1], o la evidencia de una nueva situación política continental.
El periodo de encrucijada se agotó con la derrota político-electoral de los sectores movilizados del pueblo, derrota que se define en diciembre de 2012 con la toma de la Presidencia por parte de Enrique Peña Nieto. Esta derrota está llena de enseñanzas,  de lecciones para nuestro pueblo, para los revolucionarios. Algunas de ellas son, por ejemplo, que la resistencia político-electoral popular no es la movilización que va a imponer hoy un cambio en la correlación de fuerzas entre el Poder de la burguesía hegemónica y las fuerzas populares; que el papel histórico de esta resistencia no es el de abrir el proceso de repliegue de la burguesía hegemónica, no es el de abrir el proceso de pérdida de la iniciativa histórica de esa burguesía, no es el de abrir  el proceso de forja de lo que sería una especie de ejército político de la nueva revolución. El papel histórico de esta resistencia (la político-electoral) parece ser el de cerrar o constituirse en lo que Lenin llamaba el epílogo  del proceso. Si vemos las experiencias de las últimas revoluciones triunfantes en América Latina (Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Uruguay, Salvador, etc.) vemos que una tendencia de este talante parece la más probable.
Pero esa derrota enseña que otro tipo de dirección político-ideológica es necesaria para que la resistencia político-electoral popular se desempeñe, dentro de la estrategia revolucionaria, en el papel que aquí hemos esbozado. Que es preciso otro tipo de estructuramiento organizativo de los sectores movilizados en el campo político-electortal.  
Hemos dicho que esta derrota acarreó, en los sectores movilizados  --que fueron millones--,  un importante desencanto, un repliegue y una caída de la débil pero significativa articulación que se había conseguido en el lapso del 82 al 2012.
La coyuntura de la derrota y del repliegue, empieza a ser superada por una nueva reanimación popular, por una nueva oleada de resistencias. Pero ahora ya no es el campo político-electoral el preferente de las fuerzas movilizadas. Ahora, una resistencia de nuevo tipo empieza a ocupar la primera avanzada en la resistencia popular; ya no es la lucha político-electoral, ni tampoco las resistencias reivindicativo-sectorial ni la comunitarista, las que están en la punta, marcando pauta, ritmos y contenidos en las demandas enarboladas.
Ahora la avanzada la ocupa la resistencia que está simbolizada, representada y significada por una bandera, por un concepto. Esta resistencia se señala con la palabra  --verdadera categoría político-programática--  Ayotzinapa. Es la resistencia motivada por los nuevos actos de liquidación de sectores rebeldes y combativos del pueblo, la resistencia que se ha levantado por la brutalidad, la monstruosidad, la bestialidad ejercida por el Poder contra algo muy apreciado por nuestro pueblo: la juventud. En y con Ayotzinapa la burguesía hegemónica mostró sus entrañas criminales, fascistas, asesinas; las mostró en grados que creíamos inimaginables.
La resistencia que se significa con el concepto Ayotzinapa  no es una resistencia más; es de nuevo tipo.
Primero, porque sin abandonar la demanda que pudiéramos considerar de “sector” (¡queremos de regreso a nuestros hijos, a nuestros hermanos, a nuestros compañeros, a los jóvenes que se llevaron!) inmediatamente se engarza con la demanda más radical del momento (¡Abajo Peña Nieto y todo su mal gobierno!). Segundo, porque, desde una significativa movilización (no desde un grupo político ni desde los gabinetes intelectuales)  se consigue caracterizar por medio mundo (o por mundo y medio) al jefe del Estado y del gobierno de México (Enrique Peña Nieto) como un delincuente de lesa humanidad, factible, muy factible, de ser sentado en el banquillo de los acusados de la Corte Penal Internacional. Porque ha concitado, fomentado y permitido la globalización de esta resistencia, la cual ha rebasado las fronteras para asentarse en los cinco continentes. Ninguna resistencia mexicana  –tal vez en menor medida lo consiguió en algún momento la solidaridad mundial con el EZLN, aunque ésta nunca ha sido de acciones de masas simultáneas en todo el planeta--  ha conseguido la solidaridad tan activa, tan combativa como lo ha logrado Ayotzinapa. Las manifestaciones de sectores de los más distintos espacios de la vida científica, artística, cultural, laboral, de género, religiosa, etc. han sido inéditas o, cuando, menos poco vistas en México desde siempre. A nivel interno, Ayotzinapa ha logrado niveles muy importantes de articulación y sincronía de varias resistencias y fuerzas sociales y políticas. La persistencia de los actores que más abiertamente aparecen como los dirigentes de este proceso; sus muestras de creatividad, de valentía. Se trata de una resistencia que ha roto y desestructurado la táctica burguesa mexicana tradicional de dar largas al asunto, de cohechar, de amedrentar; una resistencia que ha echado abajo la “verdad histórica” con la que el Poder acostumbraba a dar carpetazo a procesos populares. Ha impuesto la presencia de organismos internacionales de lucha por los derechos humanos, de instituciones con los que ha ido desenmascarando las mentiras y las patrañas peñanietistas. En fin, una resistencia que ha introducido una nueva subjetividad en la conflictividad nacional.
Esta es la resistencia que hoy le pone punta a la resistencia popular general.   
III
Por estas razones, la responsabilidad de Ayotzinapa es muy grande. Y por estas razones también, contra Ayotzinapa están lanzadas las armas más destructoras que a la perfección sabe usar el Régimen.
Ayotzinapa no es una escuela. Ayotzinapa no es un sector. Ayotzinapa no son los padres de los muchachos que se llevó el criminal  Poder burgués mexicano, ni son tampoco sus condiscípulos, que tan gloriosamente mantienen en alto las banderas que forjaron los normalistas rebeldes que pretende eliminar el Estado mexicano. Es todo eso y más, mucho más. Es un programa, es una estrategia, es una voluntad histórica de cambio, es una revolución en ciernes, o en posibilidad crecida. Todos somos hoy Ayotzinapa, y en todos está la obligación de hacer de Ayotzinapa la mayor y la más genuina articulación de todas las resistencias y de todas las fuerzas y personalidades que tengan un agravio (aunque sea un solo agravio) de la burguesía hegemónica; la mayor sincronía en las acciones. Ayotzinapa no puede agotarse ni seguir la línea de las acciones pequeñas, separadas, localistas, con estrechez de planteamientos. Por Ayotzinapa hay que llevar a cabo grandes, gigantescas movilizaciones, enormes concentraciones que realmente sacudan la correlación de fuerzas, rompan clara y definitivamente los consensos que esa burguesía ha forjado en amplios sectores del pueblo. Ayotzinapa debe crisolar todas las demandas particulares, de sector, tradicionales y venidas de los agravios de la modernidad. Un crisol en lo que se refiere a las banderas de lucha, una sola demanda (¡Abajo Peña Nieto y todo su mal gobierno!). Un crisol en cuanto a tiempos y ritmos de movilización. Un crisol en cuanto a planes de acción.  No hay que distraer fuerzas en ninguna otra acción que no sea lo que significa y representa Ayotzinapa.
Ayotzinapa hoy une y reúne en un plano superior todas las demandas, las peticiones, las plataformas de lucha, los proyectos políticos populares, pues ningún problema fundamental del pueblo mexicano podrá ser resuelto de una manera verdadera, integral y definitiva si no se desplaza a esa casta de multibillonarios que hoy detentan la conducción económica, política, cultural, etc., de la sociedad mexicana.
La amenaza de represión y asesinato está presente contra este proceso. Pero contra él también actúan quienes tratan de sacar adelante la idea de que los 43 normalistas fueron asesinados, en lugar de asumir que fueron desaparecidos de manera forzada. Lo primero sería un crimen que se debería castigar de acuerdo a las leyes penales mexicanas. Lo segundo es un delito de lesa humanidad que debe ser castigado como atentado a las normas humanas, que debe ser castigado por la humanidad;  que nunca prescribe, que cae dentro de la delincuencia gubernativa. No es el Estado mexicano el que debe castigar a los culpables de la desaparición forzada de los 43. ¿¡Cómo va a serlo si el Estado mexicano es el que los desapareció de manera forzada!? ¿Cómo pretender que el Estado encuentre a los culpables y los castigue, si él es el sujeto activo, si él es el terrorista, el fascista, el delincuente de lesa humanidad, el genocida?
Pero también dificultan que Ayotzinapa despliegue todo su potencial y no se mediatice y no muera, aquellos que, en lugar de concentrar todo en torno a este proceso, le montan llamamientos y actuaciones como lo del constituyente y la nueva constitución. Este llamamiento carece de las condiciones históricas para ser viable en el momento actual, por lo que, si se quiere, de manera objetiva, coloca a otro tema como el eje aglutinador de las diversas resistencias populares; le resta a Ayotzinapa la concentración debida.
Naturalmente, a la dirección inmediata de esta resistencia le puede pasar lo que a otras resistencias:  le puede pasar que se estreche en un espacio limitado, que adopte una actitud sectaria, excluyente, y no vea que sola la gigantesca unidad de todos los agraviados por el Régimen puede conseguir su derrocamiento.
Ayotzinapa es hoy la oportunidad de oportunidades para hacer avanzar como nunca la articulación, la unidad programática, la unificación política. Sobre todo porque un rasgo importante del nuevo momento político nacional es que junto con Ayotzinapa se despliegan y toman fuerza movilizaciones de gran calado histórico como la que lleva a cabo el magisterio nacional.     


[1] La elección mexicana es tomada “como punto de partida”, la “primera en la historia reciente en la que un candidato presidencial de izquierda, Cuauhtémoc Cárdenas, tuvo a su alcance el triunfo”. Regalado Roberto. 2009. De Marx, Engels y Lenin a Chávez, Evo y Correa. Reforma y revolución entre imaginario y realidad. En América Latina hoy. ¿Reforma o revolución?”, Ocean Sur, México. Pág. 30.

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